miércoles, 8 de abril de 2026

El negocio del eufemismo.

Una mujer contaba, con bronca contenida, cómo un delincuente rompió los vidrios y las persianas de su casa para entrar a robar. No lo logró. Lo detuvieron in fraganti. Desde la patrulla, el tipo la toreaba. El fiscal, con toda la grandeza del garantismo criollo, le dio cinco meses de libertad a prueba.

Y entonces el delincuente soltó la frase que lo resume todo:  

“Favor que me hacés si me llevan a la cana, acá estoy en situación de calle”.

Ahí se desnuda el mecanismo completo.

“Situación de calle” ya no es la descripción de una desgracia. Es un salvoconducto, un escudo moral y un argumento judicial. Sirve para que el que eligió vivir del robo, del consumo y de la vagancia se presente como víctima de algo externo. Y el sistema, complaciente, le sigue el juego.

Llamemos las cosas por su nombre: existe el parasitismo voluntario. Hay personas que, después de décadas de malas decisiones —no estudiar, no trabajar, consumir, robar, no respetar nada ni a nadie—, terminan viviendo de la chorra y del Estado. No es mala suerte. Es un estilo de vida elegido y sostenido. “Situación de calle” permanente no es una tragedia, es un negocio.

Por supuesto que hay gente que realmente cayó en la calle por enfermedad, desempleo o tragedia familiar. A esa gente hay que ayudarla de forma inteligente, temporal y con condiciones claras. Pero meter en la misma bolsa al que elige ser un peso muerto para la sociedad es una estafa intelectual y moral.

El eufemismo no es inocente. Cumple varias funciones al mismo tiempo:

- Borra la responsabilidad individual.

- Culpa a “la sociedad” (es decir, a los que trabajan y pagan impuestos).

- Justifica que el tipo salga otra vez en libertad a prueba.

- Permite que fiscales, jueces y ONGs se sientan progresistas y compasivos mientras la víctima paga los vidrios rotos y el vecino paga los impuestos.

Y mientras tanto, se tercia mucha plata. Planes sociales sin contraprestación, gasto en seguridad, justicia lenta, seguros más caros, comercios que cierran, barrios que se degradan. Todo eso tiene un costo económico y, sobre todo, un costo en confianza democrática.

Porque una democracia sana necesita lenguaje preciso. Cuando dejamos de llamar delincuente a un delincuente, vago a un vago y parásito a quien vive a costa de los demás, perdemos la capacidad de diagnosticar problemas y, por lo tanto, de resolverlos. Nos quedamos discutiendo si el agua que entra al bote es “humedad” o “inundación incipiente” mientras nos ahogamos.

La bronca de esa mujer es sana. Es la bronca de miles de uruguayos que trabajan, cumplen, pagan y ven cómo el Estado los abandona para proteger al que los agrede. No es falta de empatía. Es hartazgo de que nos tomen por idiotas.

Recuperar el lenguaje no es ser “neandertales”. Es el mínimo requisito para una sociedad adulta. Mientras sigamos aceptando que “situación de calle” explique y justifique todo, vamos a seguir teniendo los mismos resultados: más robos, más impunidad y más bronca contenida.

Ya es hora de llamar a las cosas por su nombre. Aunque a algunos les duela.


Gracias por leer.

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