martes, 7 de abril de 2026

El Delivery llegó para quedarse.

El siglo XXI no se decidirá en las llanuras de Ucrania ni en las arenas de Gaza, por más que los noticieros insistan en ello. Esos conflictos actúan como fuegos de distracción: ruido necesario mientras los grandes jugadores —Estados Unidos, China y una Rusia golpeada— reacomodan sus piezas en los márgenes del mapa. Bajo narrativas humanistas diseñadas para audiencias emocionales, en Washington y Beijing opera una Realpolitik fría centrada en supervivencia, recursos y rutas comerciales.

Rusia, con su arsenal nuclear y su "prestigio" histórico, quedó atrapada en su propia jugada al confrontar a la OTAN. En lugar de debilitarla, activó un rearme europeo que dormitaba bajo paraguas estadounidense. La presión de Washington sobre Groenlandia (incluidas las tensiones de la era Trump con Dinamarca y la OTAN) funcionó como catalizador: obligó a Europa a asumir más costos de su propia defensa, permitiendo a EE.UU. pivotar con mayor fuerza hacia el Indo-Pacífico.

Hoy Rusia funciona como socio subordinado de China: un proveedor de energía y materias primas que lucha por no ser absorbido económicamente por Beijing, mientras sueña con un eventual regreso como potencia independiente. Una "Corea del Norte con recursos", en términos crudos.

En el Cono Sur se cocina una jugada de mayor calado. Años de ciclos populistas y alianzas con actores extrarregionales (incluyendo influencia china e iraní en ciertos períodos) mantuvieron a varios países en estancamiento institucional y dependencia de commodities. El péndulo gira en 2026.

Argentina, bajo Javier Milei, ejecuta un "reseteo" liberal agresivo: rechazo a los BRICS, alineamiento explícito con Washington y Tel Aviv, y endurecimiento contra Irán (acusado históricamente por atentados como la AMIA). Esto incluye llamados a una "alianza estratégica duradera" con EE.UU. y apoyo en tensiones regionales.

Chile, con su estrategia nacional de litio (mezcla de control estatal y partnerships público-privados), busca atraer capital transnacional para escalar producción y logística, aunque implique concesiones pragmáticas en soberanía sobre recursos estratégicos. Ambos países emergen como "peones de oro" potenciales en un tablero donde el litio, el cobre y las rutas bioceánicas son piezas clave.

La pieza maestra en discusión es el corredor bioceánico a través de los Andes, especialmente el Túnel de Agua Negra (San Juan, Argentina – Región de Coquimbo, Chile). No es solo ingeniería: un túnel de ~14 km a más de 4.000 metros que permitiría tránsito todo el año, superando las limitaciones estacionales del paso actual. El proyecto, impulsado binacionalmente vía EBITAN y con respaldo histórico del BID, ha ganado momentum en 2025-2026 con avances en diseño, accesos y voluntad política. Costo estimado ronda los 1.500-4.000 millones de dólares según la variante (vial o con componente ferroviario).

Si avanza, crearía un bypass efectivo al Estrecho de Magallanes y reduciría dependencia de rutas controladas por Brasil o congestionadas. Brasil, con su peso estructural de "imperio regional" independientemente de su signo político, observa con recelo cómo el eje Argentina-Chile podría reconfigurar flujos comerciales Atlántico-Pacífico sin su mediación. Es una apuesta de alto riesgo: o se convierte en un "Canal de Panamá seco" que impulse integración y prosperidad, o termina en deuda y mayor entrega de recursos al mejor postor (China, EE.UU. u otros).

China enfrenta sus propias cadenas: una demografía en declive, un cerco marítimo en el Indo-Pacífico y necesidad voraz de recursos. EE.UU. responde activando aliados como India y presionando en flancos vulnerables como el Cono Sur. Al final, los discursos sobre Palestina, Ucrania o "libertad" son escenografía; los recursos (litio, energía, rutas) escriben el guion real.

Los peones de oro del Sur despiertan en un tablero dominado por gigantes. Su desafío no es solo navegar la ambición de Washington, Beijing o Brasilia, sino romper el ciclo histórico de cortoplacismo, corrupción y mala ejecución que ha convertido promesas regionales en monumentos al desperdicio. En 2026, el verdadero juego no es ideológico: es quién controla los cuellos de botella del siglo XXI.


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