El siglo XXI no se decidirá en las llanuras de Ucrania ni en las arenas de Gaza, por más que los noticieros insistan en ello. Esos conflictos actúan como fuegos de distracción: ruido necesario mientras los grandes jugadores —Estados Unidos, China y una Rusia golpeada— reacomodan sus piezas en los márgenes del mapa. Bajo narrativas humanistas diseñadas para audiencias emocionales, en Washington y Beijing opera una Realpolitik fría centrada en supervivencia, recursos y rutas comerciales.
Rusia, con su arsenal nuclear y su "prestigio" histórico,
quedó atrapada en su propia jugada al confrontar a la OTAN. En lugar de
debilitarla, activó un rearme europeo que dormitaba bajo paraguas
estadounidense. La presión de Washington sobre Groenlandia (incluidas las
tensiones de la era Trump con Dinamarca y la OTAN) funcionó como catalizador:
obligó a Europa a asumir más costos de su propia defensa, permitiendo a EE.UU.
pivotar con mayor fuerza hacia el Indo-Pacífico.
Hoy Rusia funciona como socio subordinado de China: un proveedor de
energía y materias primas que lucha por no ser absorbido económicamente por
Beijing, mientras sueña con un eventual regreso como potencia independiente.
Una "Corea del Norte con recursos", en términos crudos.
En el Cono Sur se cocina una jugada de mayor calado. Años de ciclos
populistas y alianzas con actores extrarregionales (incluyendo influencia china
e iraní en ciertos períodos) mantuvieron a varios países en estancamiento
institucional y dependencia de commodities. El péndulo gira en 2026.
Argentina, bajo Javier Milei, ejecuta un "reseteo" liberal
agresivo: rechazo a los BRICS, alineamiento explícito con Washington y Tel
Aviv, y endurecimiento contra Irán (acusado históricamente por atentados como
la AMIA). Esto incluye llamados a una "alianza estratégica duradera"
con EE.UU. y apoyo en tensiones regionales.
Chile, con su estrategia nacional de litio (mezcla de control estatal y
partnerships público-privados), busca atraer capital transnacional para escalar
producción y logística, aunque implique concesiones pragmáticas en soberanía
sobre recursos estratégicos. Ambos países emergen como "peones de
oro" potenciales en un tablero donde el litio, el cobre y las rutas
bioceánicas son piezas clave.
La pieza maestra en discusión es el corredor bioceánico a través de los
Andes, especialmente el Túnel
de Agua Negra (San Juan, Argentina – Región de Coquimbo,
Chile). No es solo ingeniería: un túnel de ~14 km a más de 4.000 metros que
permitiría tránsito todo el año, superando las limitaciones estacionales del
paso actual. El proyecto, impulsado binacionalmente vía EBITAN y con respaldo
histórico del BID, ha ganado momentum en 2025-2026 con avances en diseño,
accesos y voluntad política. Costo estimado ronda los 1.500-4.000 millones de
dólares según la variante (vial o con componente ferroviario).
Si avanza, crearía un bypass efectivo al Estrecho de Magallanes y
reduciría dependencia de rutas controladas por Brasil o congestionadas. Brasil,
con su peso estructural de "imperio regional" independientemente de su
signo político, observa con recelo cómo el eje Argentina-Chile podría
reconfigurar flujos comerciales Atlántico-Pacífico sin su mediación. Es una
apuesta de alto riesgo: o se convierte en un "Canal de Panamá seco"
que impulse integración y prosperidad, o termina en deuda y mayor entrega de
recursos al mejor postor (China, EE.UU. u otros).
China enfrenta sus propias cadenas: una demografía en declive, un cerco
marítimo en el Indo-Pacífico y necesidad voraz de recursos. EE.UU. responde
activando aliados como India y presionando en flancos vulnerables como el Cono
Sur. Al final, los discursos sobre Palestina, Ucrania o "libertad"
son escenografía; los recursos (litio, energía, rutas) escriben el guion real.
Los peones de oro del Sur despiertan en un tablero dominado por
gigantes. Su desafío no es solo navegar la ambición de Washington, Beijing o
Brasilia, sino romper el ciclo histórico de cortoplacismo, corrupción y mala
ejecución que ha convertido promesas regionales en monumentos al desperdicio.
En 2026, el verdadero juego no es ideológico: es quién controla los cuellos de
botella del siglo XXI.
Gracias por leer.
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