Pensaba en un cuento corto que escribí hace mucho, Allende los Andes, un cuento que hablaba sobre un vehículo de transporte repleto, algo muy común en Latinoamérica, día lluvioso, gente saliendo de sus trabajos, malhumorados, demacrados, hasta podría decir tristes; por un lado uno que se arrima más de la cuenta a una muchacha, mientras todos miran y a la vez no miran. Es el momento clímax para encontrar una “alegría” en este día y no, la alegría vino por otro lado: un estridente sonido captura la atención de todos, todos se registran a sí mismos con un apuro ilógico, necesitan validar algo, encontrar algo, demostrar algo que muere en el segundo en que un “¡Aló!”, desgraciado fanfarrón, su cara brilla al ser él quien contesta una llamada, el resto vuelve a su tristeza, yo mirando el mismo paisaje de todos los días por la ventana del bus.
El cuento era mucho más largo, por supuesto. Con los años olvidé el relleno y me quedé solo con la sustancia.
Ese cuento era la mirada de un muchacho que todavía veía cierta dignidad animal en nuestra miseria. Creía que la pobreza de alma se manifestaba en ese gesto primitivo: la necesidad de generar envidia aunque sea por dos segundos, de ser visible aunque fuera ridículo. No importaba la llamada. Importaba el espectáculo. Importaba el Nokia, el BlackBerry, el Alcatel. Importaba poder gritar en silencio: “¡A mí me llaman, desgraciados!”
Hoy lo miro con una distancia fría.
Ya no siento pena. Si se joden, no me mueve un pelo.
Cada uno elige su corral.
Lo que sí siento es asco. Un asco profundo y lúcido hacia ese puñado de hijos de puta sin vergüenza que manipulan a millones con precisión quirúrgica. No tienen el menor remordimiento por el daño que causan.
Al contrario: lo refuerzan, lo optimizan, lo convierten en adicción permanente.
Diseñaron un sistema donde la gente pasó del roce humano al scroll infinito, y del scroll a entregar voluntariamente su atención, su tiempo, su identidad y, pronto, su libertad.
Porque eso es lo que viene. En un par de años ya no será metáfora. Pasaremos de cabezas encorvadas scrolleando a aceptar, casi con naturalidad, formas modernas de esclavitud: vigilancia total, pensamiento guiado, emociones en oferta, existencia reducida a datos y permisos.
La mayoría ni siquiera lo verá venir. Estarán demasiado ocupados mirando hacia abajo.
Hace treinta años escribí sobre ovejas al matadero.
Hoy las ovejas ya ni caminan hacia él. Se quedan quietas, pastando luz fría, mientras unos pocos las marcan, las ordeñan y las preparan para el siguiente nivel de control.
Y yo sigo acá, mirando la pantalla del viejo PC, intentando jugar sin jugar.
Gracias por leer.
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