Su último recuerdo estaba sobre la mesa de luz. Tenía por costumbre dejar un vaso de agua que al despertar siempre —excepto, quizás, en un par de ocasiones— estaba lleno de burbujas. Tenía la idea de que el agua, de alguna manera, absorbía lo negativo. Es más, pensaba que las pesadillas no eran parte de su ser, sino que eran parte de otros seres que de alguna manera terminaban en su cabeza. Volvió a su pensamiento inicial: el vaso de agua estaba allí, el reloj, la revista del cable de 2005 y el libro que desde hace meses estaba en la misma página.
Las primeras líneas ya las sabía de memoria. Por necedad, sin importar en qué línea hubiera quedado pendiente la lectura, él siempre comenzaba desde el principio de la hoja en pausa. «Las nubes se movían más rápido de lo que pudiera recordar, la brisa era cálida y a lo lejos era evidente una tormenta...», recordó.
Su nombre era Julián. De eso estaba seguro cada vez que se miraba al espejo y pensaba en qué momento se había levantado y llegado allí. Luego el pensamiento fugaz desaparecía y se quedaba observando, embobado, los patrones que se formaban en el techo por efecto de la humedad. Una humedad que invadía todas las habitaciones de la casa. Una vez terminada la etapa de ensueño que está entre el despertar y el despertar, comenzó a repasar las actividades del día. Una vez repasadas, se concentró en eso que lo inquietaba profundamente.
Sonia levantó la pesada cortina de madera. Cada día decía que cambiaría la cuerda; para ella esa era la solución. Estaba segura de que era la cuerda trenzada la que de alguna manera no ejercía la resistencia necesaria, e ignoraba que la tercera sección estaba desencajada del riel vertical por el cual se deslizaba.
Una vez levantada, procedía a abrir de par en par las hojas de los grandes ventanales y, finalmente, las cortinas y las plantas que orgullosa contaba a quien pudiera: nombres, cuidados, los años que las tenía, cuáles eran las madres y cuáles los hijos de las mismas. Terminada su rutina de aseo y alimentación, salía con un delicado cartel de madera exquisitamente ornamentado, que en letra clara y juguetona decía "consultorio abierto". Lunas y estrellas permanecían inmóviles sobre el lienzo de aquel cartel; inmóviles como sus habilidades.
Tenía el presentimiento de que algo realmente malo iba a ocurrir. En su confusa mente no sabía reconocer si ese presentimiento realmente era un sentimiento, un recuerdo de algo que ya sucedió o simplemente una inquietante sensación de saber y no saber. Era tan intensa a ratos que le aterraba encontrar una certidumbre, una respuesta, un sentido a todo aquello que lo agobiaba justo en ese momento. En ese delirio que lo atormentaba, se escucharon secos, fuertes y firmes, tres golpes. Venían de la puerta de entrada, estaba seguro. Comenzó a preguntarse si atender el llamado o guardar silencio. Sentía que no estaba preparado en ese instante para atender a nadie. Luego cambió de pensamiento: ¿quién puede ser? ¿Acaso esperaba a alguien?
Las manos las sentía frías. Algo le impedía respirar con normalidad. Se sentó en el suelo. Cada vez, esa invisible penumbra que lo absorbía se hacía más grande. Un sudor frío se deslizaba por su espalda. El cuerpo era preso de un intenso hormigueo. Quiso gritarle a ese demonio que lo atormentaba. Inmerso en esa oscuridad, ya había olvidado parcialmente los golpes. Pero, como un mal karma, volvieron a retumbar en su cabeza y en la puerta. Tres nuevos golpes. Ahora se sentían de urgentes a muy urgentes. Un hilo de voz involuntario salió de su boca: "mo... mo... momento..."
Julián no debió abrir esa puerta...Julián continuaba con esa inquietud. Una inquietud que no desapareció al abrir la puerta y dirigirse a su trabajo, aunque el ruido, el aire, el sol y otras distracciones ayudaban bastante. En el trabajo tenía un amigo, si se le podía llamar así. Siempre lo veía como ese alguien que te escucha, pero al que no le importa nada de lo que dices; sin embargo, él consideraba que eso ya era demasiado para un ser solitario y consciente de no ser la mejor compañía. Se consideraba apático, no muy instruido. No compartía hobbies conocidos con nadie. Es más, no tenía hobbies ni pasión por algo. En pocas palabras, era un espectro dueño de todos los males del mundo. No había nada negativo que no le hubiera ocurrido, excepto —y parte de su gran orgullo— que nunca lo habían robado. Algo extraño para su trabajo, que consistía en ir de un lugar a otro con documentos, muestras de impresión y retiros de dinero al banco para distintos pagos de la empresa.
Ella miraba directo a la puerta de la que colgaban graciosas cortinas con conchillas diminutas, vidrios redondos y coloridos. Lo único que no convencía eran las plumas que aparecían cada tanto en el entramado diseño. Flanqueando la puerta había dos llamadores de ángeles y, en el interior del consultorio —pomposo nombre con el que le gustaba llamar a ese cuarto apestado de aromas a incienso barato—, atrapasueños, gatos moviendo las manos, una pequeña mesa redonda con mantel violeta, al centro una especie de bola de cristal y, en un pequeño bolso de tela negra, sus cartas de Tarot de Marsella. También dos puffs y una mullida alfombra para un divertido gato que no tenía nombre.
Cada día era igual al otro. La adivinación estaba perdiendo terreno rápidamente; las personas estaban más enfocadas en otros asuntos, ajenos al futuro o a sus problemas espirituales. Ella estaba segura de que valía más una tirada de cartas que diez sesiones con un psicólogo. Al menos ella entregaba resultados instantáneos.
Al salir de su trabajo, Julián pasó a comprar algo para cenar. El día había sido bastante normal —se sentía una pieza importante en la empresa—, por lo tanto, era necesario cerrar la jornada de forma adecuada. Hacía días que veía en la vidriera de la panadería unas medialunas rellenas que se veían muy apetitosas. Compró cuatro y una Coca-Cola de 600 cc. Mientras iba a su casa llamó a su hermana para saber de sus sobrinos, y obtuvo por respuesta: "Ahora estoy ocupada, Ju. Te llamo al rato". Él sabía que eso no iba a ocurrir. Con su madre logró hablar y le contó de sus sueños y de las pesadillas que había tenido últimamente. Ella, como toda madre, minimizó la situación y le dijo cariñosamente: "Quizás estás extrañando a mamá, podrías venir un fin de semana". Todos tienen su propia agenda, pensó.
En ese instante, un golpe seco lo aturdió. Perdió el conocimiento un muy breve tiempo. Intentó enfocar su vista. Estaba en el piso, boca abajo. Una voz dijo: "¡¡Dame, dame, dame que te quemo!!". Había apuro en sus palabras. Él comenzó a sentir nuevamente su cuerpo. Se incorporó de un salto, esquivó a su atacante y se echó a correr. Corría tan rápido como podía. De lejos se escuchaban gritos. El corazón se le salía por la boca mientras los gritos se hacían más lejanos, lo suficiente como para poder mirar hacia atrás. Giró la cabeza para ver si ya no había peligro y, nuevamente, sintió que algo lo hacía tropezar. Esta vez no fue tan breve la pérdida de conocimiento. Cuando volvió a abrir los ojos, escuchó una voz muy cálida, casi maternal, que le decía: "Qué suerte que estás recuperándote de esa horrible caída. Pero quédate tranquilo, mi cartel sacó la peor parte".
Al principio, Julián prefería no creer en las lecturas de Sonia. Para él era un mundo que lo atemorizaba de forma inexplicable. Con el pasar de los días comenzó a entusiasmarse, ya que veía "señales inequívocas" entre lo que le decían las cartas y lo que ocurría a su alrededor. Por supuesto, él no aceptó más lecturas gratis; mucho menos después de que ella debió sacrificar al gato sin nombre por falta de recursos.
Sonia comenzó a sentirse muy incómoda porque Julián no perdía ocasión para hablar de lo buena tarotista que era. Le traía libros de tarot, esoterismo y objetos relacionados. Eran situaciones que la hacían pensar que había creado a un tipo obsesivo. La perturbaba no saber si la obsesión era con ella o con el tema. De cierta forma se sintió invadida, pero había algo en esa invasión que la hacía sentir bien.
Un día le quiso decir, torpemente, que quizás no era para vivir sola; que los costos, gastos, entradas y salidas... No sabía lo que decía, pero en su trabajo el contador hablaba con esos términos que él entendía en lo superficial y le parecía que un Dios se expresaba en esas palabras. Entre otras cosas, a lo que ella respondió secamente: "No".
Sonia no sabía nada de Tarot. No sabía nada en absoluto. Se había hecho ella misma. Había escapado de su casa detrás del amor. Un amor intenso, correspondido al principio y descartado luego de su aborto. Aquel episodio, la distancia de su hogar, la amargura y la falta de talentos la hacían una mujer muy firme en lo que quería, y en lo que no también. Aunque el costo de tal personalidad era una constante de caballeros con armadura de lata que querían protegerla. Y Julián no era la excepción.
Julián se estaba enamorando de Sonia...
Con sus veinticuatro años ya estaba entendiendo ese sentimiento inquietante. Se convenció de relojes biológicos, familia y otras cosas que lograban cubrir su profunda tristeza por estar lejos de lo que quería ser y de lo que se esperaba de él.
Ante la negativa de Sonia, volvió a intentar. Esta vez sería directo y no andaría con muchas vueltas. Sonrió, porque sabía que no sería así; sabía que su timidez y su total falta de experiencia lo harían parecer un tonto. Pensó que las flores son para ocultar los nervios. Fue así como compró un ramo de rosas que le pareció excesivamente costoso. Llegó al consultorio. Ella abrió, vio el ramo de rosas y se puso a llorar desconsolada. No por emoción, no por ternura, no de alegría. Aquel era un llanto instantáneo que nace de la amargura, del desbloqueo de un dolor al que no se puede renunciar. Se dejó caer y comenzó a insultarlo entre sollozos. Le gritaba y, poco a poco, soltaba pequeñas verdades. La cara de Julián pasó de un estado de romántico sentir a una oscuridad cercana. Pero, ante el embobamiento de un enamorado, esa oscuridad se hacía lejana, muy lejana. Julián se enteró de su verdad: era un estúpido más, útil a una mujer que no poseía ninguna súper habilidad y que solo veía en él su propia carencia.
Confundido, ofendido, despreciado e insultado, deja caer el ramo de rosas. Sus ojos brillan con maldad. Ella intenta levantarse; presiente que aquello no terminará bien. Él la toma con violencia del pelo y la aplasta contra el piso. Ella intenta zafar, incapaz ante la diferencia entre su cuerpo menudo y el de Julián. Intenta hundirse en sus pensamientos y simular que nada estaba pasando. ¡Imposible!, se dijo. Quiere gritar, pero su boca está cubierta por las manos de Julián, que comienza su venganza con las únicas herramientas que conoce un miserable.
Inútilmente intenta escapar. Cada vez que lo intenta, Julián embestía con mayor fuerza. Un peso olvidado la vuelve a aplastar. Se sentía en su agotado cuerpo el pago del demonio. El pago de... ¿meses?, ¿días? No sabría decir desde cuándo comenzó a utilizar a Julián. No sabría decir si hoy sería su último día. No sabría decir siquiera qué haría después. Solo sabía que su bola de cristal en el piso reflejaba su miseria. Eso era ella: un objeto que está en este mundo para ser usado. Recordó a su padre. Recordó por qué escapó de casa. Recordó su verdadero amor. Recordó, a través del reflejo de su bola de cristal, cuán roto había quedado su cartel y qué tan roto estaba absolutamente todo en ese momento.
Tranquilizándose como podía, salió del consultorio. Sus pensamientos eran intensos, sanguíneos, perturbadores. Sabía que no la había matado; aún tenía límites, aún sentía que era una buena persona. "Ella lo quería", pensó. "Ella se lo buscó". Luego... no había forma alguna de disculpas. Fue un animal y volvía a su torbellino de honor y culpa, de orgullo roto y de esa nada que lo definía como alguien inútil para los demás. Entró a su casa y comenzó su locura. Todo lo que tenía por delante lo comenzó a tirar, a romper, a pisar, a maldecir. Se daba golpes contra las paredes. La locura era su motor, el dolor, la desesperanza. El segundo donde sabes que todo acaba acababa de pasar. Ya era pasado. Él era pasado. Ella era pasado. Todo el mundo dejó de existir. ¿Cómo pudo convertirse en algo tan horrible?, se preguntaba, mientras repetía el ritual de purificación estrellando algún objeto contra la pared.
Los vecinos escucharon estos ruidos, gritos y llantos. Se agolparon afuera mientras murmuraban entre ellos, esperando que alguien se atreviera a encarar la situación.
Tres golpes secos en la puerta. Minutos después, tres golpes urgentes en la puerta. Varios minutos después, la policía forzó la entrada. Una mueca en la cara del policía. Un grito ahogado de alguien que se asomaba a ver en primera fila. Una habitación en total desorden. Un cuerpo sobre un charco de sangre. Y Julián, entendiendo finalmente su sentimiento inquietante, al ver el cadáver de sí mismo sobre el suelo.
—Fin—
Gracias por leer.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario