Era una de esas noches en un bar de barrio en Montevideo, de esos que cierran tarde y donde la birra sigue corriendo aunque ya nadie recuerda quién pagó la ronda anterior. Cuatro tipos con más neuronas de lo habitual para la hora que era —un ingeniero, un contador, un abogado medio quemado y un tipo que laburaba en datos— estaban debatiendo como si les fuera la vida en ello.
Empezó con la clásica discusión de borrachos
ilustrados:
—Mirá, el PBI es una mierda —dijo el del contador—.
Nos pintan que Uruguay “crece”, pero la gente no siente nada.
—Claro —contestó el ingeniero—, y el PPA es peor. Si
el PPA fuera tan bueno, todos estaríamos viviendo en Haití, ¿no? Ahí el PBI per
cápita es un chiste, pero el costo de vida es bajo… y mirá cómo viven.
Se rieron con esa risa amarga que sale después de la
medianoche. Alguien mencionó a Pinochet: que el tipo sacó a los políticos, puso
técnicos, organizó el país, llegaron las inversiones… y cuando cayó la cosa,
Chile tenía un esqueleto decente, pero igual la gente sentía que el PPA no
acompañaba del todo. Mucho promedio, poca realidad en el bolsillo.
Y ahí empezó a armarse la locura.
—Boludo… ¿y si sacamos a toda la manga de políticos
profesionales? —dijo uno—.
—¿Y qué ponemos en su lugar?
—Nada. Les pagamos a la OCDE directamente. Les
decimos: “Che, les pagamos plata buena para que nos digan, para cada problema
concreto, la mejor forma técnica de resolverlo”. Sin inventar otro ministerio,
sin otro organismo hinchado.
La idea empezó a tomar forma entre rondas:
El pueblo, en cada barrio, en cada departamento, dice
lo que quiere de verdad: “Necesitamos 120 casas decentes acá”, “Queremos una
escuela técnica que realmente sirva para laburar”, “Un centro de salud que no
sea una vergüenza”. Metas concretas, cuantificables.
La OCDE entrega el mejor proyecto técnico pago:
costos, plazos, estándares internacionales.
La Justicia solo valida: “Sí, es legal, cabe en el
presupuesto, no viola nada”.
Y después se ejecuta. Punto.
Si una zona produce de más y otra está en la mierda,
los recursos fluyen igual. No hay “autonomía” que valga para justificar pobreza
eterna.
Y entonces llegó la parte que hizo que se hiciera un silencio
de tres segundos en la mesa:
—Y si no cumplen…
—¿Qué?
—Si sin guerra, sin terremoto, sin sequía del carajo,
cumplen menos del 20% de lo que prometieron… se quema todo, bo.
Se miraron. Uno se rio. Otro no.
—Hablo en serio —siguió—. Todo público, todo auditado
en tiempo real. Plata que salió de A para 190 casas en B y solo se hicieron 20…
alerta roja automática. Los responsables afuera. Cárcel o justicia en plaza
pública, como corresponda. Los militares ese día obedecen al pueblo, no a
ningún gobierno. Se reinicia el sistema desde cero. Tabula rasa.
El abogado murmuró:
—Estás hablando de un botón nuclear democrático…
—Exacto. Que sepan desde el primer día que si roban o
son inútiles, el sistema los va a escupir con fuego.
Salieron del bar a las cuatro y pico de la mañana. Uno
de ellos, mientras esperaba el Uber, dijo casi en voz baja:
—¡Se quema todo, bo!... se meca tooo.
No era una utopía. Era lo que sale cuando unos tipos
con unas cuantas neuronas de más se hartan de que el país siga siendo un
PowerPoint con buen promedio y pésima realidad.
¿Y sabés qué es lo más loco?
Que cuanto más lo pensaban, menos borracha les parecía
la idea.
Gracias por leer.
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