Vivimos hiperconectados, pero en esa red de cables y señales hemos cometido el error más grave: olvidar quiénes somos y, peor aún, dejar de preguntarnos quiénes podríamos llegar a ser. Nos hemos acostumbrado a ser lo que se nos exige, moldeando nuestra identidad según el algoritmo de turno.
En este escenario virtual te obligan a elegir una máscara: el apático,
el simpático, el simplón o el mero espectador. Todos intentamos encajar en este
puzle desquiciado de la conexión. Un juego donde todo es descartable en el
mismo instante en que descubres la verdad:
Todo es una trampa.
Una estructura diseñada para que tu creatividad y tu esencia nunca
despierten. Un mecanismo de distracción masiva que impide que brilles con luz
propia.
Después de algunos años y de haber vivido lo suficiente para ver cómo se
repite el ciclo, he intentado adaptarme. He tratado de convencerme de que algo
había cambiado, pero siempre vuelvo al mismo punto. Al final, termino borrándome
una y otra vez, porque este entorno me resulta completamente ajeno. Intentar
encajar aquí se siente como forzar algo para lo que no estoy hecho.
Esto no es una crisis de identidad adolescente. Es la constatación de
que, hoy en día, la verdadera pertenencia y la autogestión del propio ser se
han convertido en actos de resistencia. No participar en el escaparate digital
no es un fracaso: es una liberación. No tienes por qué deprimirte por no
encajar en un molde de plástico.
Mi propuesta es simple: recuperar la soberanía sobre nuestra propia
construcción. Dejar de ser piezas de un puzle ajeno para volver a ser dueños de
nuestra chispa interior. Porque una vez que entiendes cómo funciona el
mecanismo, el despertar es irreversible.
Gracias por leer.
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