Julián estaba feliz porque al fin iba a votar. Desde niño veía cómo para sus padres ese evento era el eje de sus vidas. Recordaba el olor a tinta de los volantes, el peso de las banderas en la espalda y el brillo de los colores que ellos habían jurado defender. Lo mejor era la caminata: su padre avanzaba con el pecho inflado, su voz retumbaba como si estuviera en un parlamento y Julián imaginaba que el mundo entero se detenía a escucharlo. En cambio, a su madre la recordaba como una sombra: ella caminaba un paso atrás, con los labios apretados y los ojos fijos en el suelo, como si en lugar de una fiesta estuviera atravesando un campo minado. Julián nunca le preguntó qué veía ella en la tierra mientras su padre miraba a las nubes.
Lee, comenta, comparte. ¡Gracias por estar aquí!. La idea es subir algo una vez por semana.
sábado, 25 de abril de 2026
La llave que quema.
miércoles, 8 de abril de 2026
El negocio del eufemismo.
Una mujer contaba, con bronca contenida, cómo un delincuente rompió los vidrios y las persianas de su casa para entrar a robar. No lo logró. Lo detuvieron in fraganti. Desde la patrulla, el tipo la toreaba. El fiscal, con toda la grandeza del garantismo criollo, le dio cinco meses de libertad a prueba.
Y entonces el delincuente soltó la frase que lo resume todo:
“Favor que me hacés si me llevan a la cana, acá estoy en situación de calle”.
Ahí se desnuda el mecanismo completo.
“Situación de calle” ya no es la descripción de una desgracia. Es un salvoconducto, un escudo moral y un argumento judicial. Sirve para que el que eligió vivir del robo, del consumo y de la vagancia se presente como víctima de algo externo. Y el sistema, complaciente, le sigue el juego.
Llamemos las cosas por su nombre: existe el parasitismo voluntario. Hay personas que, después de décadas de malas decisiones —no estudiar, no trabajar, consumir, robar, no respetar nada ni a nadie—, terminan viviendo de la chorra y del Estado. No es mala suerte. Es un estilo de vida elegido y sostenido. “Situación de calle” permanente no es una tragedia, es un negocio.
Por supuesto que hay gente que realmente cayó en la calle por enfermedad, desempleo o tragedia familiar. A esa gente hay que ayudarla de forma inteligente, temporal y con condiciones claras. Pero meter en la misma bolsa al que elige ser un peso muerto para la sociedad es una estafa intelectual y moral.
El eufemismo no es inocente. Cumple varias funciones al mismo tiempo:
- Borra la responsabilidad individual.
- Culpa a “la sociedad” (es decir, a los que trabajan y pagan impuestos).
- Justifica que el tipo salga otra vez en libertad a prueba.
- Permite que fiscales, jueces y ONGs se sientan progresistas y compasivos mientras la víctima paga los vidrios rotos y el vecino paga los impuestos.
Y mientras tanto, se tercia mucha plata. Planes sociales sin contraprestación, gasto en seguridad, justicia lenta, seguros más caros, comercios que cierran, barrios que se degradan. Todo eso tiene un costo económico y, sobre todo, un costo en confianza democrática.
Porque una democracia sana necesita lenguaje preciso. Cuando dejamos de llamar delincuente a un delincuente, vago a un vago y parásito a quien vive a costa de los demás, perdemos la capacidad de diagnosticar problemas y, por lo tanto, de resolverlos. Nos quedamos discutiendo si el agua que entra al bote es “humedad” o “inundación incipiente” mientras nos ahogamos.
La bronca de esa mujer es sana. Es la bronca de miles de uruguayos que trabajan, cumplen, pagan y ven cómo el Estado los abandona para proteger al que los agrede. No es falta de empatía. Es hartazgo de que nos tomen por idiotas.
Recuperar el lenguaje no es ser “neandertales”. Es el mínimo requisito para una sociedad adulta. Mientras sigamos aceptando que “situación de calle” explique y justifique todo, vamos a seguir teniendo los mismos resultados: más robos, más impunidad y más bronca contenida.
Ya es hora de llamar a las cosas por su nombre. Aunque a algunos les duela.
Gracias por leer.
martes, 7 de abril de 2026
Ovejas al Matadero : Reload
Pensaba en un cuento corto que escribí hace mucho, Allende los Andes, un cuento que hablaba sobre un vehículo de transporte repleto, algo muy común en Latinoamérica, día lluvioso, gente saliendo de sus trabajos, malhumorados, demacrados, hasta podría decir tristes; por un lado uno que se arrima más de la cuenta a una muchacha, mientras todos miran y a la vez no miran. Es el momento clímax para encontrar una “alegría” en este día y no, la alegría vino por otro lado: un estridente sonido captura la atención de todos, todos se registran a sí mismos con un apuro ilógico, necesitan validar algo, encontrar algo, demostrar algo que muere en el segundo en que un “¡Aló!”, desgraciado fanfarrón, su cara brilla al ser él quien contesta una llamada, el resto vuelve a su tristeza, yo mirando el mismo paisaje de todos los días por la ventana del bus.
El cuento era mucho más largo, por supuesto. Con los años olvidé el relleno y me quedé solo con la sustancia.
Ese cuento era la mirada de un muchacho que todavía veía cierta dignidad animal en nuestra miseria. Creía que la pobreza de alma se manifestaba en ese gesto primitivo: la necesidad de generar envidia aunque sea por dos segundos, de ser visible aunque fuera ridículo. No importaba la llamada. Importaba el espectáculo. Importaba el Nokia, el BlackBerry, el Alcatel. Importaba poder gritar en silencio: “¡A mí me llaman, desgraciados!”
Hoy lo miro con una distancia fría.
Ya no siento pena. Si se joden, no me mueve un pelo.
Cada uno elige su corral.
Lo que sí siento es asco. Un asco profundo y lúcido hacia ese puñado de hijos de puta sin vergüenza que manipulan a millones con precisión quirúrgica. No tienen el menor remordimiento por el daño que causan.
Al contrario: lo refuerzan, lo optimizan, lo convierten en adicción permanente.
Diseñaron un sistema donde la gente pasó del roce humano al scroll infinito, y del scroll a entregar voluntariamente su atención, su tiempo, su identidad y, pronto, su libertad.
Porque eso es lo que viene. En un par de años ya no será metáfora. Pasaremos de cabezas encorvadas scrolleando a aceptar, casi con naturalidad, formas modernas de esclavitud: vigilancia total, pensamiento guiado, emociones en oferta, existencia reducida a datos y permisos.
La mayoría ni siquiera lo verá venir. Estarán demasiado ocupados mirando hacia abajo.
Hace treinta años escribí sobre ovejas al matadero.
Hoy las ovejas ya ni caminan hacia él. Se quedan quietas, pastando luz fría, mientras unos pocos las marcan, las ordeñan y las preparan para el siguiente nivel de control.
Y yo sigo acá, mirando la pantalla del viejo PC, intentando jugar sin jugar.
Gracias por leer.
Manifiesto de la Realidad Soberana (O cómo nació el Proyecto “Pueblo-Justicia-Ejecución” una noche de birras)
Era una de esas noches en un bar de barrio en Montevideo, de esos que cierran tarde y donde la birra sigue corriendo aunque ya nadie recuerda quién pagó la ronda anterior. Cuatro tipos con más neuronas de lo habitual para la hora que era —un ingeniero, un contador, un abogado medio quemado y un tipo que laburaba en datos— estaban debatiendo como si les fuera la vida en ello.
Empezó con la clásica discusión de borrachos
ilustrados:
—Mirá, el PBI es una mierda —dijo el del contador—.
Nos pintan que Uruguay “crece”, pero la gente no siente nada.
—Claro —contestó el ingeniero—, y el PPA es peor. Si
el PPA fuera tan bueno, todos estaríamos viviendo en Haití, ¿no? Ahí el PBI per
cápita es un chiste, pero el costo de vida es bajo… y mirá cómo viven.
Se rieron con esa risa amarga que sale después de la
medianoche. Alguien mencionó a Pinochet: que el tipo sacó a los políticos, puso
técnicos, organizó el país, llegaron las inversiones… y cuando cayó la cosa,
Chile tenía un esqueleto decente, pero igual la gente sentía que el PPA no
acompañaba del todo. Mucho promedio, poca realidad en el bolsillo.
Y ahí empezó a armarse la locura.
—Boludo… ¿y si sacamos a toda la manga de políticos
profesionales? —dijo uno—.
—¿Y qué ponemos en su lugar?
—Nada. Les pagamos a la OCDE directamente. Les
decimos: “Che, les pagamos plata buena para que nos digan, para cada problema
concreto, la mejor forma técnica de resolverlo”. Sin inventar otro ministerio,
sin otro organismo hinchado.
La idea empezó a tomar forma entre rondas:
El pueblo, en cada barrio, en cada departamento, dice
lo que quiere de verdad: “Necesitamos 120 casas decentes acá”, “Queremos una
escuela técnica que realmente sirva para laburar”, “Un centro de salud que no
sea una vergüenza”. Metas concretas, cuantificables.
La OCDE entrega el mejor proyecto técnico pago:
costos, plazos, estándares internacionales.
La Justicia solo valida: “Sí, es legal, cabe en el
presupuesto, no viola nada”.
Y después se ejecuta. Punto.
Si una zona produce de más y otra está en la mierda,
los recursos fluyen igual. No hay “autonomía” que valga para justificar pobreza
eterna.
Y entonces llegó la parte que hizo que se hiciera un silencio
de tres segundos en la mesa:
—Y si no cumplen…
—¿Qué?
—Si sin guerra, sin terremoto, sin sequía del carajo,
cumplen menos del 20% de lo que prometieron… se quema todo, bo.
Se miraron. Uno se rio. Otro no.
—Hablo en serio —siguió—. Todo público, todo auditado
en tiempo real. Plata que salió de A para 190 casas en B y solo se hicieron 20…
alerta roja automática. Los responsables afuera. Cárcel o justicia en plaza
pública, como corresponda. Los militares ese día obedecen al pueblo, no a
ningún gobierno. Se reinicia el sistema desde cero. Tabula rasa.
El abogado murmuró:
—Estás hablando de un botón nuclear democrático…
—Exacto. Que sepan desde el primer día que si roban o
son inútiles, el sistema los va a escupir con fuego.
Salieron del bar a las cuatro y pico de la mañana. Uno
de ellos, mientras esperaba el Uber, dijo casi en voz baja:
—¡Se quema todo, bo!... se meca tooo.
No era una utopía. Era lo que sale cuando unos tipos
con unas cuantas neuronas de más se hartan de que el país siga siendo un
PowerPoint con buen promedio y pésima realidad.
¿Y sabés qué es lo más loco?
Que cuanto más lo pensaban, menos borracha les parecía
la idea.
Gracias por leer.
Intoxicación Digital
La intoxicación digital que sufrimos no fue una elección colectiva: pasamos de comunidades pequeñas e intencionales (BBS, foros temáticos, grupos cerrados de WhatsApp) a un “mingo” global donde intereses, perversiones e ideas se amplifican sin control mediante algoritmos que priorizan engagement (likes, rabia, deseo, tiempo de pantalla). Las redes no inventaron la maldad humana —siempre existió—, pero la volvieron escala industrial, accesible 24/7 y optimizada para captar mentes en formación.
La perversión es imposible de segregar completamente. No se puede leer
la mente de las personas. El hombre que se sienta en la plaza con su diario,
finge leer y fantasea con los niños que juegan, no comete delito mientras las fantasías
queden dentro de su cabeza. El derecho penal moderno castiga actos, no
pensamientos. Pero el sistema actual facilita que estos comportamientos se
reproduzcan con relativa facilidad y poco control efectivo: densidad urbana +
anonimato + liviandad de penas en delitos sexuales + un garantismo que a veces
prioriza más los derechos del acusado que la protección real de las víctimas
inocentes. Antes, un degenerado era raro y muy visible; la vergüenza social y
la vigilancia natural de la comunidad actuaban como primer filtro. Hoy, con más
oportunidades y costos más bajos, la escala parece haber crecido. La mayoría de
los abusos siguen siendo intrafamiliares o de personas de confianza, pero el
subregistro y la impunidad agravan el problema.
Proteger la inocencia
profunda de los niños genera una paradoja irresoluble: si
queremos un crecimiento lento, donde el mundo todavía parezca básicamente bueno
y seguro, no podemos advertir prematuramente sobre la indecencia sin romper esa
inocencia. Decir “si el tío te toca…” obliga a explicar por qué, e introduce
conocimiento que el niño no está maduro para procesar. La ESI y las pantallas
suelen acelerar esa sexualización temprana en vez de contrarrestarla.
Las comunidades conscientes
no resuelven esta paradoja ni eliminan al “podrido” (eso sería fantaseoso e
imposible sin caer en sectarismo o vigilancia total), pero sí pueden reducir la escala y la velocidad
con que la maldad llega a los niños: pactos locales de límites duros a
pantallas, supervisión natural de múltiples adultos conocidos, reglas
corporales simples sin explicaciones sexuales prematuras (“tus partes privadas
son solo tuyas; si alguien quiere tocarlas o que las muestres, lo contás
inmediatamente, sin secretos”), prioridad a la vida física y offline, y una
cultura donde “contar todo” sea protección y no traición.
Un ejemplo concreto y esperanzador es Greystones, Irlanda, con su iniciativa “It Takes a Village”.
En 2023, padres, directores de las ocho escuelas primarias y la comunidad
acordaron voluntariamente no dar smartphones a los niños hasta la secundaria
(alrededor de los 12-13 años). Alrededor del 70 % de las familias se sumaron.
Tres años después, el pacto sigue vigente y ha generado resultados visibles: menos
presión entre pares (“todos los chicos de mi edad no tienen”), más juego al
aire libre, mayor atención en clase, reducción de ansiedad y muchos niños que
incluso eligen retrasar el teléfono aún más. No es una solución perfecta ni
total (algunos padres rompen el pacto y el mundo exterior sigue existiendo),
pero demuestra que cuando una comunidad se une conscientemente alrededor de la
protección de la infancia, se puede recuperar algo de control sin leyes
draconianas.
https://www.nytimes.com/2026/03/25/realestate/ireland-cell-phones-children.html https://www.irishtimes.com/ireland/education/2026/02/28/you-dont-need-a-smartphone-to-be-cool-how-a-schools-ban-is-inspiring-pupils-worldwide/ https://www.ittakesavillagegreystones-delgany.com/
Al final, pegando los enlaces suena en la radio “Oops!... I Did It Again” de Britney
Spears como fondo irónico de éste texto: el mundo siempre
tuvo su mierda, pero hoy se sirve a escala global, optimizada y dirigida
directamente a ojos infantiles. Las micro-comunidades conscientes no salvan a
toda la sociedad, pero sí ofrecen un premio realista: más años de inocencia
protegida para algunos niños, antes de que tengan que confrontar la realidad
cruda. No es utopía. Es pragmatismo defensivo en un mundo que ya no protege por
defecto.
Gracias por leer.
Irreversiblemente: La trampa del Puzle.
Vivimos hiperconectados, pero en esa red de cables y señales hemos cometido el error más grave: olvidar quiénes somos y, peor aún, dejar de preguntarnos quiénes podríamos llegar a ser. Nos hemos acostumbrado a ser lo que se nos exige, moldeando nuestra identidad según el algoritmo de turno.
En este escenario virtual te obligan a elegir una máscara: el apático,
el simpático, el simplón o el mero espectador. Todos intentamos encajar en este
puzle desquiciado de la conexión. Un juego donde todo es descartable en el
mismo instante en que descubres la verdad:
Todo es una trampa.
Una estructura diseñada para que tu creatividad y tu esencia nunca
despierten. Un mecanismo de distracción masiva que impide que brilles con luz
propia.
Después de algunos años y de haber vivido lo suficiente para ver cómo se
repite el ciclo, he intentado adaptarme. He tratado de convencerme de que algo
había cambiado, pero siempre vuelvo al mismo punto. Al final, termino borrándome
una y otra vez, porque este entorno me resulta completamente ajeno. Intentar
encajar aquí se siente como forzar algo para lo que no estoy hecho.
Esto no es una crisis de identidad adolescente. Es la constatación de
que, hoy en día, la verdadera pertenencia y la autogestión del propio ser se
han convertido en actos de resistencia. No participar en el escaparate digital
no es un fracaso: es una liberación. No tienes por qué deprimirte por no
encajar en un molde de plástico.
Mi propuesta es simple: recuperar la soberanía sobre nuestra propia
construcción. Dejar de ser piezas de un puzle ajeno para volver a ser dueños de
nuestra chispa interior. Porque una vez que entiendes cómo funciona el
mecanismo, el despertar es irreversible.
Gracias por leer.
El Delivery llegó para quedarse.
El siglo XXI no se decidirá en las llanuras de Ucrania ni en las arenas de Gaza, por más que los noticieros insistan en ello. Esos conflictos actúan como fuegos de distracción: ruido necesario mientras los grandes jugadores —Estados Unidos, China y una Rusia golpeada— reacomodan sus piezas en los márgenes del mapa. Bajo narrativas humanistas diseñadas para audiencias emocionales, en Washington y Beijing opera una Realpolitik fría centrada en supervivencia, recursos y rutas comerciales.
Rusia, con su arsenal nuclear y su "prestigio" histórico,
quedó atrapada en su propia jugada al confrontar a la OTAN. En lugar de
debilitarla, activó un rearme europeo que dormitaba bajo paraguas
estadounidense. La presión de Washington sobre Groenlandia (incluidas las
tensiones de la era Trump con Dinamarca y la OTAN) funcionó como catalizador:
obligó a Europa a asumir más costos de su propia defensa, permitiendo a EE.UU.
pivotar con mayor fuerza hacia el Indo-Pacífico.
Hoy Rusia funciona como socio subordinado de China: un proveedor de
energía y materias primas que lucha por no ser absorbido económicamente por
Beijing, mientras sueña con un eventual regreso como potencia independiente.
Una "Corea del Norte con recursos", en términos crudos.
En el Cono Sur se cocina una jugada de mayor calado. Años de ciclos
populistas y alianzas con actores extrarregionales (incluyendo influencia china
e iraní en ciertos períodos) mantuvieron a varios países en estancamiento
institucional y dependencia de commodities. El péndulo gira en 2026.
Argentina, bajo Javier Milei, ejecuta un "reseteo" liberal
agresivo: rechazo a los BRICS, alineamiento explícito con Washington y Tel
Aviv, y endurecimiento contra Irán (acusado históricamente por atentados como
la AMIA). Esto incluye llamados a una "alianza estratégica duradera"
con EE.UU. y apoyo en tensiones regionales.
Chile, con su estrategia nacional de litio (mezcla de control estatal y
partnerships público-privados), busca atraer capital transnacional para escalar
producción y logística, aunque implique concesiones pragmáticas en soberanía
sobre recursos estratégicos. Ambos países emergen como "peones de
oro" potenciales en un tablero donde el litio, el cobre y las rutas
bioceánicas son piezas clave.
La pieza maestra en discusión es el corredor bioceánico a través de los
Andes, especialmente el Túnel
de Agua Negra (San Juan, Argentina – Región de Coquimbo,
Chile). No es solo ingeniería: un túnel de ~14 km a más de 4.000 metros que
permitiría tránsito todo el año, superando las limitaciones estacionales del
paso actual. El proyecto, impulsado binacionalmente vía EBITAN y con respaldo
histórico del BID, ha ganado momentum en 2025-2026 con avances en diseño,
accesos y voluntad política. Costo estimado ronda los 1.500-4.000 millones de
dólares según la variante (vial o con componente ferroviario).
Si avanza, crearía un bypass efectivo al Estrecho de Magallanes y
reduciría dependencia de rutas controladas por Brasil o congestionadas. Brasil,
con su peso estructural de "imperio regional" independientemente de su
signo político, observa con recelo cómo el eje Argentina-Chile podría
reconfigurar flujos comerciales Atlántico-Pacífico sin su mediación. Es una
apuesta de alto riesgo: o se convierte en un "Canal de Panamá seco"
que impulse integración y prosperidad, o termina en deuda y mayor entrega de
recursos al mejor postor (China, EE.UU. u otros).
China enfrenta sus propias cadenas: una demografía en declive, un cerco
marítimo en el Indo-Pacífico y necesidad voraz de recursos. EE.UU. responde
activando aliados como India y presionando en flancos vulnerables como el Cono
Sur. Al final, los discursos sobre Palestina, Ucrania o "libertad"
son escenografía; los recursos (litio, energía, rutas) escriben el guion real.
Los peones de oro del Sur despiertan en un tablero dominado por
gigantes. Su desafío no es solo navegar la ambición de Washington, Beijing o
Brasilia, sino romper el ciclo histórico de cortoplacismo, corrupción y mala
ejecución que ha convertido promesas regionales en monumentos al desperdicio.
En 2026, el verdadero juego no es ideológico: es quién controla los cuellos de
botella del siglo XXI.
Gracias por leer.
La llave que quema.
Julián estaba feliz porque al fin iba a votar. Desde niño veía cómo para sus padres ese evento era el eje de sus vidas. Recordaba el olor a ...
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